lunes, 12 de julio de 2021

EL HIPOPÓTAMO DE POMBEIRO

O EL CUENTO DEL CAMINO A SAN COSMEDE

Sí, ya lo sé. Soy consciente de que esto que voy a escribir va a parecer extraño, que va a sonar raro. Incluso lunático, de otro planeta, para algunos. Yo mismo, durante la mayor parte de mi vida, lo he tenido por una pura fantasía, por una invención, por una de esas leyendas surgidas en tiempos remotos de entre las nieblas del bosque y decantadas y ahumadas en las largas noches de invierno por las brasas de la lareira. Tiempos sin televisión, sin radios, sin libros, sin periódicos, sin maestros. Tiempos en los que las pocas noticias que circulaban lo hacían retorciéndose por las corredoiras de feria en feria a lomos de buhoneros y tratantes. Pero hoy, ahora, después de haberlo comprobado ayer sobre el propio terreno, tengo que escribir que la veracidad del antiguo cuento se me revela indudable: el hipopótamo existió. Sí abuelo, tenías razón. Tenían razón los que te lo transmitieron. Mi padre, tu hijo, que ya nació porteño, nunca lo creyó: tonterías de la aldea, decía.  Pero de eso nada. Hoy lo he visto, casi cincuenta años después de que me lo contaras por última vez, abuelo. Sus restos están allí, en el mismo sendero milenario, petrificados, eso sí. Imponentes en su soledad granítica, con su gran boca abierta amenazante en un intento desesperado por contener el avance imparable del bosque que se dispone a engullirlo.

No he visto manzanos abuelo. Ni limoneros. Ni cerezos. Ya no hay vides. Acaso he podido ver, por entre las silvas y la plaga de acacias algún resto de los antiguos muros de piedra que soportaban las huertas y los sotos de castaños que con tanta frecuencia alababas. Te fuiste. Se fueron. Emigraron. Murieron. Y el camino, en tiempos supongo que ancho y frecuentado, ahora es apenas, en muchos tramos, un rastro difícil de seguir, casi cegado por los troncos y las ramas de los pinos que los temporales, los inviernos y los años han ido abatiendo. Apenas se sostienen en un dudoso equilibrio pétreo cuatro muros de otras tantas casas de lo que debió ser tu aldea, abuelo, cuando tuviste que emigrar, el quinto de seis hermanos, y que tantas veces, de niño, te oí describir, te sentí añorar.

Los sarcófagos de piedra son tal como los describiste. Allí siguen. Y están orientados exactamente hacia el hipopótamo. Hoy lo he comprobado usando la brújula y el GPS. 


Los carteles que han puesto en la ruta dicen, ignorantes, que los pies de los sarcófagos están orientados hacia la salida del sol, como si el punto por el que se asoma al valle, a lo largo del año, fuera fijo. Ignorantes. Pero cualquiera les dice que no, que miran exactamente hacia la boca del  hipopótamo. No lo admitirían. Y menos si lo afirma un extraño, un extranjero como yo, aunque sea nieto de esta tierra, de este valle, de este río encajonado que ha atrapado con su magia a gentes singulares desde tiempos inmemoriales.

Son tres, como tú decías, y el cuarto de ellos apenas esbozado. Lo dejaron inacabado cuando murió el hipopótamo, según te lo oí tantas veces. Según te habían dicho. De niño, cuando me relatabas la leyenda –cuéntamela otra vez abuelito- lo creía a pie juntillas y me imaginaba a los abades a lomos del hipopótamo recorriendo el camino para ir a saludar y bendecir a las gentes de sus predios. Luego, andando el tiempo, ya me pareció una historia inverosímil, ridícula, creada para ayudar a dormir a niños insomnes. Eso también lo pensaba mi padre. Pero mi padre no pudo venir hasta aquí. Si hubiera venido habría caído en la cuenta de lo que errado que estaba. El hipopótamo de Pombeiro existió, y los abades, los tres abades que coexistieron con él, se enterraron en sarcófagos de piedra, en la capilla de San Xoán degollado, con los pies apuntando hacia la boca pétrea del animal.

Mi padre nunca creyó esa historia. Cuentos raros de gallegos. Gallegadas decía. Y yo, cuando crecí, tampoco. Crecer es dejar de creer. Porque vamos a ver ¿quién en sus cabales puede tomar en serio que en este cañón del Sil puede haber habido un animal semejante? ¿quién, si no es un niño fantasioso, diría que pudiera sobrevivir aquí y que llegara a hacerse tan grande, casi del tamaño de un dinosaurio? Tú, abuelo, tenías explicación para todo. Los hipopótamos, eso era claro, nunca habitaron estos valles, decías. Pero es que este vino de cría. Lo trajo el primer abad cuando volvió de convertir almas en África ecuatorial. Se lo regalaron los nativos en agradecimiento al buen trato que el abad, entonces un simple monje cisterciense, les había dado; en agradecimiento a los muchos enfermos que había curado y a la paz entre las tribus que había logrado forjar. Junto con muchos otros presentes, la cría hizo el tornaviaje junto al futuro abad, causando sensación entre la tripulación y el pasaje que veían, estupefactos, como en las noches que el mar y el cielo lo permitían, el fraile lo sacaba de su jaula en la bodega, le ayudaba a subir las escaleras a cubierta, y se paseaban juntos, de babor a estribor y de proa a popa. Y luego, después de varios paseos con el animal pegado al hábito, el fraile se acomodaba encima de un hato de jarcias, se quitaba las sandalias y la cría de hipopótamo se tumbaba a su lado y comenzaba a dar grandes lametazos en los blancos pies del futuro abad.

Recuerdo la risa de mi padre cuando te oía contarlo, abuelo. Yo, niño, no entendía esa risa. Luego sí. Y ahora, ahora, pienso en lo equivocado que estaba mi pobre padre. Tu hijo. Y siento pena por él, por eso y porque sé que se murió sin haber cumplido la ilusión de haber podido visitar tu tierra abuelo.

Ya no es como tú la recordabas, abuelo. No hay rastros del paraíso que decías que dejaste una mañana de 1901, bajando una vez más la escarpada senda hasta la vía para seguir andando por ella hasta Los Peares, con tus lágrimas resbalando hacia el Sil, procurando no mirar atrás. Y de allí a Vigo. Se daba todo, y en abundancia, decías. Los frutales producían cosechas abundantes. Las huertas, bien regadas con manantiales  de agua cristalina que parían las laderas del monte estaban repletas de patatas, pimientos, tomates, maíz, fríjoles, guisantes. Los animales, vacas, ovejas, cabras, cerdos crecían sanos y en el mercado se vendían a más precio que los de otras aldeas.

Los pinos se caen con abrazos destructores sobre los muros, abuelo. Los pinos no son robles, ni hayas, ni alcornoques, ni castaños. Los inviernos, las torrenteras ladera abajo, los ventarrones que entran encajonados por el cañón pueden con ellos, los quiebran y resbalan ladera abajo abalanzándose sobre los socalcos y los muros de las casas. El musgo, las silvas y las acacias hacen el resto. Apenas hay cuatro penedos, abuelo, de lo que fue tu paraíso. Pero el hipopótamo está allí. Y las tumbas de los tres abades también. Tal como tú decías.

El primer Abad lo trajo desde Coruña. El general de su orden le concedió retirarse en el  monasterio de Pombeiro, en la ribera del Sil. En las ferias por las que pasó, los aldeanos, que nunca vieron tal animal, se quedaban con la boca abierta al ver como en la tarde, con el fraile sentado después de un día de duro de camino, la lengua del hipopótamo resbalaba suave y amorosa por las plantas de sus pies. Él les contaba que era algo habitual en la región de la que venía, en la tribu que le acogió durante más de veinte años allá en las riberas del Congo. Según supo, a algunos ejemplares seleccionados de esa especie, muy fiera de por sí, los habían entrenado desde tiempo inmemorial y las crías que tenían, algunas veces ya nacían con esa inclinación.

Al poco de llegar al monasterio lo eligieron abad. Tú abuelo, no me dijiste su nombre, no lo sabías, claro. En el cartel que hay en la senda, al pie del lugar en el que están las tumbas, los restos de la ermita de San Juan Degollado, pone su nombre: Asterigo.

El hipopótamo fue creciendo y la feria de Pombeiro se hizo famosa en toda comarca. Los campesinos, después de sus tratos y antes de comer el pulpo, se acercaban al monasterio cargados con grandes feixes de toda clase de hortalizas y cestos llenos de frutas. El abad los recibía sentado en su humilde cátedra, con el hipopótamo a sus pies. Cuando el claustro se llenaba de gente, él se quitaba las sandalias y el hipopótamo sacaba su gran lengua y con ella le acariciaba los pies al abad en medio de un silencio contenido y asombrado.

Pero el hipopótamo fue creciendo y creciendo, rodeado como estaba de tan grande cantidad de alimento. Ante el temor de que llegara un día que no pudiera salir por la puerta del monasterio, el abad determinó hacerle una cuadra. Eligió un sitio en un extenso bosque de castaños camino a San Cosmede para que tuviera sombra abundante en verano y también para que, cuando el animal sintiera necesidad, pudiera bajar a darse baños en el Sil.

Los aldeanos sabían con antelación cuando se dirigía al río porque sus pisadas retumbaban en toda la montaña. Dejaban sus labores y se colocaban a ambos lados del camino para verlo bajar. Y lo mismo al subir. Y siguieron alimentándolo agradecidos porque sus pisadas ayudaban a asentar las piedras del camino de forma que los carros lo transitaban sin dificultad.

El abad Asterigo murió, pero había dejado escrito que quería que lo enterraran en la ermita que hay en el camino de Pombeiro a Penaveada y San Cosmede, en un sarcófago tallado en piedra y con los pies mirando en dirección a la cuadra del hipopótamo.

Depués de su entierro los frailes temieron la reacción del hipopótamo y decidieron ir a verlo en procesión llevando el báculo del abad en unas andas. Tú, abuelo, contabas que por el camino hacia tu aldea se lo encontraron y al notar la ausencia del abad se tumbó mansamente en el suelo y así pasó unos cuantos días sin moverse ni comer. En el monasterio se eligió otro abad y este, preocupado por la salud del hipopótamo y el futuro de la feria de Pombeiro, decidió volver en procesión a ver al hipopótamo. Al llegar, los frailes lo rodearon y el abad le acarició el hocico. El animal no respondía. Pero decidió quitarse las sandalias y, para sorpresa de frailes y aldeanos que se habían encaramado a los robles para no perder detalle, la enorme boca del hipopótamo se abrió y lentamente fue sacando la lengua buscando sus pies.

El hipopótamo mejoró y empezó a comer. Y se fue haciendo más grande. Y la feria de Pombeiro también. Y el monasterio más próspero. El segundo abad murió y también pidió una tumba en piedra, al lado de la del anterior abad, y de igual manera orientada. Y lo mismo pasó con el tercero. Pero ya no con el cuarto. Cuando le estaban tallando la tumba, el hipopótamo murió en el camino a San Cosmede intentando pegar un gran bocado a las acacias que se comían su bosque de castaños. Tanto abrió la boca que se le desencajó y se le desprendió la mandíbula, que actualmente está todavía allí, petrificada, a su lado.

La tumba quedó sin terminar y el hipopótamo en el camino. Era tan grande que nadie se planteó otra cosa que dejarlo allí donde quedó. Y el pasar de los años, que tumba pinos y destruye casas y muros, hizo que su cadáver se petrificara. Todavía se pueden apreciar las oquedades de su enorme boca y uno de sus colmillos, abuelo. He hecho fotos para que cuando vuelva y se lo cuente a mis nietos no se rían como mi padre.